La Leona Blanca
LA LEONA BLANCA

Puesto que mi ignorancia sobre el escritor Henning Mankell era absoluta, al recibir este libro de las manos de mi hijo Robert Max, como un regalo muy especial, indagué de inmediato por qué había escogido este autor para mí. La respuesta por fue muy simple: “es un género que te interesa”.
En ese mes de octubre me hice también a un Atlas y activé mi plan de datos en el BlackBerry para empezar a ubicar con mayor precisión los sitios en los que transcurre esta novela: Suecia y Sudáfrica, praderas y pueblos, sitios lejanos y ciudades que no conozco son nombrados en la contraportada del libro. A mi favor cuenta que el mundial de fútbol del pasado junio, ya me había permitido familiarizarme con locaciones donde tuvieron lugar los diferentes encuentros deportivos que dejaban entrever la cultura, los sitios turísticos y algo del sistema económico del país Africano. Ya tenía yo alguna noción de la historia de ese país, de los desastres causados por el “apartheid”, la pasión por el rugby y sobre el líder máximo de Sudáfrica, Nelson Mandela.
La novela retoma en sus primeras hojas la emigración al sur de Sudáfrica de algunos granjeros holandeses en el año de 1680, llamados “boers”. Fueron ellos la semilla de la terrible discriminación racial que azotó ese país durante largos periodos. Mi vínculo con Holanda, el estar casada con un ciudadano holandés, generó un interés adicional: el rol que desempeñaron los holandeses en el Cuerno de África fue, a la vez, admirable y terrible.
La ilustración de la portada me invitó a detenerme y mirar una y otra vez la obra del pintor Christian Kobke, de quien los conocedores del arte afirman que es “el maestro sueco de la luz”. Kobke logra en su pintura el equilibrio entre el movimiento, el agarre, la seducción, la sumisión y la libertad. La obra de arte que escogieron los editores para la portada la percibo como una escultura: una joven leona en movimiento, y una mujer joven que sostiene un ánfora y un plato. Aparentemente la mujer pretende dominar, subyugar a la bestia en movimiento con sus objetos, pero el encuentro no ocurre. La pintura congela el encuentro entre las bellezas, pero no lo resuelve: el final del mismo discurre por cuenta de cada mirada.
Y es desde la misma portada que el autor Henning Mankell da comienzo al entramado de suspenso de 648 páginas (pongo el número de páginas para enfatizar lo bien escrita que está esta novela. Por largo parezca el libro atrapa al lector hasta hacerlo perder la noción del tiempo real). Con gran maestría va escribiendo sobre las causas que dieron origen al apartheid y el por qué dos países con culturas tan diferentes como Sudáfrica y Suecia pueden terminar vinculados de manera sorprendente y trágica a la vez.
La realidad y la ficción conducen al lector por los vericuetos de la historia. Su guía: el detective Kurt. El momento en el que se sitúa la historia es precisamente la libertad alcanzada por Nelson Mandela, en quien los africanos depositan la esperanza de equidad y justicia. En este contexto, la responsabilidad del presidente de Suráfrica, De Klerk, también juega un importante papel: en la novela, él es informado de que círculos ultra conservadores y miembros de la antigua KGB se unirían para desestabilizar los frágiles acuerdos logrados entre negros y blancos. Un atentado terrorista contra Nelson Mandela o su propia persona se estaría fraguando, lo que llevaría a Sudáfrica al completo caos permitiendo a los líderes miembros de “la hermandad” asumieran el poder y el gobierno para perpetuar de esta forma el “apartheid”. Sudáfrica necesita a los dos líderes para poder superar la transición.
Suecia era, en este contexto, una fuerza neutral. Sin embargo, los laxos controles de frontera, casi inexistentes de hecho, resultaban propicios para que, por ejemplo, los oficiales desempleados de la KGB aprovecharan para empezar una nueva vida en un país reconocido por las buenas condiciones de vida que ofrece a los refugiados. Ante el derrumbe del estado totalitario de la URSS, muchos de ellos huyeron para siempre. Otros tomaron ventaja de la apertura de Suecia, usaron a este país como puente hacia el mundo y se ocultaron en países donde las diferencias raciales proporcionaban la servidumbre casi esclavista, una vida de placeres y la protección del anonimato con nuevas identidades.
Merkmall aprovecha estas circunstancias para presentarnos una sociedad secreta de ultra derecha llamada “hermandad de los Boers”. Esta se ha extendido con astucia por todas las instancias del Estado sudafricano, pero tiembla ante el nuevo gobierno democrático de De Klerk y Mandela. Ante los objetivos de terminar con el apartheid y sus vestigios colonialistas, ante la posibilidad que tiene el nuevo líder de proclamar la igualdad de derechos y de oportunidades de blancos y negros “la hermandad” contesta con una férrea oposición y contacta de inmediato a antiguos miembros de la KGB, para que, camuflados en el anonimato, entrenen en Suecia a los terroristas que en Sudáfrica darán muerte al líder de los negros y, si es necesario, al blanco responsable de su libertad.
El famoso detective Kurt Wallander, protagonista de otras novelas de este autor, entra en escena cuando es informado de la desaparición de una mujer en la población de Ystard en Suecia, su país natal. Fiel a su profesión, el inspector va buscando información, allegando pistas, entrando en contacto e involucrándose cada vez más con las redes del crimen organizado hasta el punto de exponer su vida y la de su hija. Indagar y conectar los cables sueltos le abren las puertas del mundo de la ultra derecha, hasta el punto que, conoce personalmente a los que están tejiendo, en su propio país, una tragedia sin precedentes: mercenarios negros que pretenden llevar a cabo el complot urgido por los blancos para desestabilizar las nuevas promesas de cambio y mantener el status quo.
El contacto con el mercenario negro, con su dolor, su desesperación, el resentimiento suyo por la humillación y los vestigios de su cultura, llena todavía de espíritus milenarios, profundiza la trama de este suspenso. El detective Kurt ante el remolino de acontecimientos, la solidaridad que logra sentir por los africanos manipulados, falta a sus principios, recurre a la mentira y a la falsificación de documentos para que el mercenario negro regrese a su país natal, esta vez con una visión diferente de su país y su responsabilidad como parte de un futuro posible.
Alegóricamente Mankell representa el conflicto entre blancos y negros a través de la descripción de la leona blanca que habita el parque Krugermes, en la capital sueca. Es observada por turistas y nativos, sus movimientos son imprevisibles, su fuerza de animal depredador genera un ambiente de inminente peligro a los atrevidos visitantes… su característica albina se origina en los mitos que la hacen inmortal y son estos quienes le dan un poder indómito. De ahí que La Leona Blanca, genera un fuerte temor, un deseo imperioso de huir; acción imposible de ejecutar, pues el miedo y su belleza paralizan al observador.
Madell desde la portada nos dice que dicha imagen representa el espíritu de África: “los negros con la impaciencia ante la morosidad de los cambios, los blancos con su miedo a perder los privilegios, el miedo al futuro”. En síntesis “la novela nos deja el mensaje de que La Leona Blanca es África".


